Cuando se estudia el sistema político venezolano o, al menos, se hace una revisión de cada una de las formas de gobierno que se han suscitado desde la colonia hasta la actualidad, se puede tener la impresión de que la clase gobernante siempre se ha caracterizado por la acumulación de poder y la marginalización de su disidencia y hasta el resto de la sociedad. No es de extrañar que se diga que la vocación de los movimientos emancipadores residía en la aspiración de poder político y no en la conquista de libertades, de ahí que hayan surgido ciertos prohombres que marcaran un estereotipo de regente de los destinos de Venezuela y, a partir de ellos, la dirigencia política buscase imitarlos para alcanzar espacios de poder.

En el texto Los cuatro reyes de la baraja, Francisco Herrera Luque, con la categorización  de historia fabulada, hace un recuento de los cuatro grandes presidentes venezolanos que definieron su época y la forma de hacer política en el país: designa como Rey de Espadas a José Antonio Páez, como Rey de Copas a Antonio Guzmán Blanco, como Rey de Bastos a Juan Vicente Gómez y como Rey de Oro a Rómulo de Betancourt. Cada uno de ellos como el máximo representante de las familias de la baraja española por lo que significaron para el sistema político, respectivamente: el triunfo en las guerras de independencia, la modernización del país, la concentración nacional del poder y la conquista de la democracia.

Si en la baraja existiera una quinta familia, quizá la de petróleo, sin lugar a dudas su Rey fuese Hugo Chávez, quien gobernó  desde 1999 hasta 2012. No habría inventado nada nuevo, el populismo, la personalización de la política exterior, las políticas públicas socialistas y la persecución de la disidencia ya se habían vivido antes en Venezuela, él sólo vino a exacerbar esos males (con muchos petrodólares detrás) y a darles un toque de teatralidad que le ganarían la afiliación de un electorado importante (cuestión que no habían tenido otros gobernantes). Su forma de ejercer la política quizás ha moldeado las expectativas del electorado y, parece evidente, ha generado una élite económica, política e intelectual ávida por un prototipo de hombre político como lo fue Chávez.

Aunque hoy día ya se señale a Chávez –y a su heredero Maduro- como los responsables del colapso económico y la crisis social en Venezuela, se sigue afirmando que esto resultó de su incapacidad para gobernar y no de la intencionalidad de someter a la población al estado de miseria. Así pues, se llega a aplaudir a un militar serio que dice cuatro cosas medianamente coherentes (pero con un background oscuro) como Miguel Rodríguez Torres, se anhela a un experimentado político con una verborrea altisonante como Henry Ramos Allup que construye castillos en las nubes y consuela al pretenderse conocedor de la verdad y tener la solución en sus manos, u otros que reivindican el asistencialismo como algunos de los últimos aspirantes a Gobernadores de Estado.

Lo más preocupante de este asunto es que puede que la vinculación con el Rey del Petróleo no se limite al ámbito del marketing político o el personal branding, sino que también abarque la estructura subterránea que se ideó desde el MBR-200, que moldeó el MVR y que terminó por consolidar el PSUV: el uso del poder como sostén de una red de corrupción, extorsión y negocios ilícitos que se retroalimenta y permite el control total de una nación.

En un país rentista por excelencia, la perversión de la clase política más que una posibilidad, es una certeza. Que pocas personas tengan la capacidad de controlar una ingente cantidad de recursos y otorgar licencias o contratos que permiten generar fortunas de la nada, es una tentación demasiado grande donde cualquier aspirante a representante puede caer. Ya Lord Acton decía que “el poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente”.

El desafío para los venezolanos es ejercer verdadera ciudadanía y entender que las figuras que ellos eligen no son autoridad, sino representantes que ejercen atribuciones que ellos mismos les transfieren y por eso son los primeros en someterse ante la ley. La sociedad es la que moldea a su sistema económico y político, por lo que mientras se sostenga una idiosincrasia con una vocación de poder (por encima de la vocación al logro) y se padezca de la externalidad de siempre echarle la culpa a un tercero y esperar que un cuarto venga y resuelva todo, los encantadores de serpientes reinarán para siempre en esta tierra. De este modo se debe comprender que el cambio empieza en casa. Ya es momento de involucrarse y no solo seguir al rebaño.