En la década de 1960 la República Popular China sería sitio de varios hechos políticos cuyo desenlace la haría sucumbir en un auténtico infierno. El liderazgo del Partido Comunista empezaba a afrontar su obsolescencia; el funesto resultado del Gran Salto Adelante obligaba a Mao Zedong a abandonar temporalmente el centro del poder; los dirigentes del Ejército Popular de Liberación comenzaban a cuestionar progresivamente el dogmatismo del padre de la Revolución; en 1956, en la URSS, un Khruschev revisionista arremetería contra la figura de Stalin, ídolo de facto del internacionalismo marxista. Los ecos humillantes del conflicto fraterno del movimiento comunista le advertían, por primera vez, de su fracaso ideológico y crítico.

La sapiencia política de Mao le previno de ser víctima de acusaciones en la rendición de cuentas que sucedió a la debacle. Persistente y engañoso, el hunanés líder de la Revolución organizó desde el Comité Central del partido la colectivización estructural y económica del país; si bien el resultado fue la implosión del aparato productivo y una hambruna que dejó millones de muertos, su arbitraje efectivo del partido, por medio de un consenso coaccionado, le permitió escudarse detrás de múltiples culpables. Es por ello que fue el burócrata Liu Shaoqi, y no el popularísimo Mao, a quien le fue cobrado el fallo de la política económica mientras trabajaba activamente por la recomposición; acabó vituperado como máximo “partidario del capitalismo”. Purgado Liu, ascendió al lugar de hijo político de Mao el mariscal Lin Biao, arquitecto del culto a su personalidad y liderazgo que ha pasado a la historia como arquetipo del más escalofriante despotismo legítimo. El aparente pluralismo ideológico de Mao coadyuvó a cimentar aquello. El Presidente dio su apoyo moral al incremental vandalismo llevado a cabo por los jóvenes militantes que fanáticamente aspiraban a preservar la esencia de su doctrina; los “Guardias Rojos” agredieron a la sociedad y ortodoxia chinas con impunidad absoluta. El Libro Rojo procedió a sustituir al pensamiento autónomo. La lógica compacta y prejuiciosa de la filosofía maoísta tomaba toda crítica por injuria; la razón y el intelecto acabaron convirtiéndose en el enemigo.

Era la Gran Revolución Cultural Proletaria. Entre 1965 y 1966 daría inicio a una década de violencia institucionalizada contra todos los individuos, sin importar cuán ajenos a tales propósitos, que considerara detractores o revisionistas de la Revolución.

La purga sistemática de los intelectuales y críticos era emprendida sin deferencia alguna hacia la élite política. Tuvo particular incidencia en el propio seno del Partido Comunista. Deng Xiaoping, Peng Dehuai, Chen Boda y Luo Ruiqing, todos héroes de las guerras de fundación de la República Popular, fueron víctimas directas del cruento proceso de ostracismo y hostigamiento al que sometía el Comité de la Revolución Cultural que dirigía Jiang Qing, esposa de Mao.

Los círculos íntimos del partido, obligados más que nunca a asumir un compromiso abstracto con la “lucha de clases”, atravesaron un paranoico y prolongado estado de interbellum. Los miembros del Comité recababan información de todo cuanto hubiesen hecho los acusados en épocas pasadas, independientemente de lo dudosa de la fuente, o lo exagerado o descontextualizado de los datos, con tal de poder condenarles en nombre del Presidente Mao. Los académicos y terratenientes eran humillados en público y torturados físicamente bajo ninguna razón más que la de entrar en la categoría de “burgueses”. Los monumentos históricos y las esculturas artísticas eran comúnmente destruidos, en un intento por renegar de la importancia del pasado previo a la llegada del comunismo. Los libros, “peligrosos” instrumentos de adoctrinamiento, eran quemados por montones en las plazas públicas. Las tumbas de los emperadores de la dinastía Ming, profanadas. El resentimiento intelectual con facilidad mutó hacia el resentimiento de la identidad nacional; la China roja enardecida ponía en práctica una cruzada de facultades irrestrictas para borrar de la faz de la Tierra a la China milenaria imperial.

Los Guardias Rojos: aparato de masas de la Revolución Cultural.

Los Guardias Rojos: aparato de masas de la Revolución Cultural.

Las relaciones dentro del partido se reestructuraron tras la muerte de Lin Biao en 1971, acontecida después de ser desvelados los planes de un intento de golpe de Estado. El problema del traspaso del poder reapareció en la cúpula dirigente, y Mao personalmente intervino para dejar atrás los presuntos agravios que inicialmente hubieran provocado el estallido del movimiento en los casos de los hombres más fieles y valiosos. Aún no exentos en su totalidad, Deng Xiaoping y otros miembros del partido tuvieron la oportunidad de reinsertarse en la política y jugar un rol decisivo en los últimos años del liderazgo de Mao. En 1973, Deng desempeñó altos cargos en el partido y el Estado; su nombramiento fue un astuto castigo pensado por el propio Mao contra su esposa y los aliados del conspirador Lin Biao.

El centralismo gubernamental en torno al Presidente Mao se desprendió gradualmente del agravio moral que significó el Gran Salto Adelante; la política exterior fue conducida por un habilísimo Zhou Enlai que, en aprovechamiento del estancamiento hegemónico que atravesaba la URSS, consiguió que el presidente estadounidense Richard Nixon visitara Beijing en 1972. Ante la necesidad de fortalecerse políticamente, Jiang Qing se asoció con Wang Hongweng-sucesor político designado de Mao-, y con los propagandistas Yao Wenyuan y Zhang Chunqiao; el grupo, establecido con la finalidad de ser la base del liderazgo del partido tras la muerte de Mao, sería conocido como la “Banda de los Cuatro”, y dedicaría los últimos años de la Revolución Cultural a someter a la más intensa persecución política a Zhou y Deng.

La Banda de los Cuatro se asumiría como heredera legítima del liderazgo maoísta; un restituido Deng Xiaoping enfrentaba la doble responsabilidad de salvar al país del delirio institucional mientras se cuidaba las espaldas.

La tarea de reactivar económicamente a China cayó sobre Deng y Zhou. Conscientes del peligro que representaban los radicalismos condonados por la Revolución Cultural, condujeron la línea moderada del gobierno. Jiang Qing y sus colaboradores verían en ellos rivales políticos y revisionistas ideológicos; su plataforma de poder, los medios de propaganda, estuvieron dirigidos a desprestigiarles.

La muerte del Premier Zhou en 1975, a causa del cáncer, concentró en el otrora menoscabado Deng el práctico control del Estado chino. La Banda de los Cuatro, forzada a actuar enteramente desde el partido, procedía con sanciones morales contra los hombres que materialmente heredaban el liderazgo de la Revolución; el propio Mao ratificó la agresión contra lo que percibía como un “resurgir del pensamiento de derechas”. El último año de vida del Presidente Mao vio la lucha entre dos facciones: la del Estado moderado y la del partido fanático; el objetivo era conquistar el poder y continuar el legado del líder. Muerto Mao y, tiempo después, procesados los miembros de la Banda de los Cuatro, quedó al descubierto el renovado fracaso de la ortodoxia maoísta con el fin de la Revolución Cultural. Al igual que el Gran Salto Adelante, fue un proceso que neutralizó la economía china y sujetó a la nación a un tipo retorcido de congruencia moral e institucional; en su afán de permanecer íntegro, el maoísmo racionalizó desde la izquierda un modo de hacer política inhumana y salvaje.

De izquierda a derecha: Zhou Enlai, Mao Zedong y Lin Biao. Premier y mariscal sostienen el Libro Rojo en la mano.

De izquierda a derecha: Zhou Enlai, Mao Zedong y Lin Biao.
Premier y mariscal sostienen el Libro Rojo en la mano.

Se cumplen cincuenta años de haber dado inicio semejante proceso político; los purgados, no sin dolientes, han sido en su gran mayoría restituidos. La maduración ideológica que en el partido arbitrara Deng Xiaoping permitió revitalizar el ánimo por la regeneración material del país. Los “tigres de papel” y demás invocaciones maoístas pasaron a ser un léxico extravagante. China es actualmente una de las principales potencias mundiales. Los líderes comunistas tienen mayor parecido ahora con Zhou que con Jiang. La realpolitik ha reemplazado las alegorías oscuras y maniqueas.

Sin embargo, los orígenes y consecuencias de la Revolución Cultural no han perdido vigencia. Tiene la escalofriante particularidad de haber sido un movimiento popular. Aislado de la élite, prometió justicia a la gente de fuera; la naturaleza colaborativa y periódica del sistema de purgas, diferente del autoritarismo estalinista, incita a la subestimación ingenua. Para la sociedad china, representa un mausoleo de vergüenza arcaico e innecesario; el padre del actual presidente chino, Xi Jinping, fue en sí mismo uno de los purgados.

La Revolución Cultural permanece en la memoria como el cierre turbado de casi treinta años de delirio tormentoso; una de las muchas maneras que tiene el tiempo de cobrar a los pueblos sus errores históricos.