Existen diversas razones por las cuales las personas insisten en mantener una práctica de manera sostenida en el tiempo; la incidencia en el ejercicio de determinada manera de hacer las cosas bien puede estar fundamentado en el éxito probado por experiencias pasadas, en el placer que produce la experiencia, o en la incapacidad de vislumbrar con anticipación que, lo que se está haciendo, es estéril, o contraproducente. Independientemente de cual sea el objeto de repetición y las motivaciones para ello, siempre es bueno echarle un ojo y evaluar la conveniencia de dicha práctica. Es decir, es necesario analizar si es cierto que ésta permite alcanzar los objetivos planteados o si, por el contrario, induce a un círculo vicioso con más pérdidas que ganancias. Y cuando se trata del ejercicio de la ciudadanía no se puede pretender desentenderse y simplemente decir “Bueno, ya yo voté”.

La sociedad venezolana parece haber desarrollado un arraigo a eso que denomina democracia, que no es más que una forma de ejercer el gobierno sobre los asuntos públicos. Es decir, ésta supone un conjunto de reglas y prácticas sobre cómo lidiar con las diferencias entre los ciudadanos, y decidir los parámetros dentro de los cuales los problemas comunes son resueltos, teniendo como premisa el sometimiento a la voluntad de la nación. Sin embargo, en los últimos años ese arraigo por los principios de igualdad ante la ley, pluralidad, competitividad y representatividad, ha sido degenerado hasta una fijación por manifestar una opinión –a través del voto- sin importar el contexto, la utilidad o la pertinencia del asunto.

Se debe hacer hincapié en que no es para nada reprochable el tener vocación democrática y aspirar avanzar como sociedad, dirimiendo las diferencias de esa manera, pero sí es una conducta digna de señalamiento el pretender utilizar los mecanismos de la democracia, cuando los principios que ésta debería contener no están presente y, de paso, ungirse de una moralidad impoluta por eso. Es absolutamente reprochable que una élite hegemónica estafe a una nación, simulando la normalidad y haciéndoles creer que tienen la capacidad real de decidir sobre sus vidas; pero es aún más censurable que quienes le adversan se presten para ello conociendo cual es la verdad, sin buscar como revertir la situación y conduciendo a los ciudadanos a través de esa farsa por los siglos de los siglos.

Puede resultar confuso el porqué los constantes señalamientos a la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) son mucho más abundantes que los señalamientos al Estado-PSUV o al Chavismo, pero esto no tiene nada de extraño, ya que se hacen porque, de la primera, se percibe que existe una desconexión entre sus planteamientos y lo que se exige de ella, por lo que se aspira una corrección; mientras que de los últimos no se espera nada más que su desplazamiento del poder.

Así las cosas, una crítica antigua –que ahora ha resurgido- se le hace a la MUD, pero sobre todo a los actores políticos individualizados y a la sociedad: insistir en construir un cambio político en Venezuela a través de un proceso electoral cuando los que detentan el poder real poseen una naturaleza criminal con pretensión totalitaria, es un error estratégico mortal ¿Por qué continuar empeñados en una ficticia salida electoral?

Y es que el error en la premisa de la salida electoral se encuentra en que el sistema político venezolano no es más que una ficción; el Estado y sus instituciones son una fachada propagandística con la cual todos los movimientos totalitarios de la historia han contado para someter a su población y evitar el escudriñamiento de otras naciones con sistemas no totalitarios. Quienes toman las decisiones en ese país, quienes giran instrucciones a los órganos del poder público y las Fuerzas Armadas, quienes tienen el monopolio de la importación de alimentos, de la administración de justicia, de la seguridad, de la salud, la educación y las transacciones comerciales, responden a intereses de lucro y poder fundados en actividades ilícitas. La soberanía reside en ellos.

¿Entonces, por qué se limita la lucha a un conjunto de procesos electorales? Hasta los momentos ninguna autoridad pública disidente ha tenido la capacidad real de contrarrestar los efectos de las decisiones que toma el Estado-PSUV;aunque se debe reconocer que su existencia ha permitido esclarecer dentro y fuera de estas fronteras cuál es la realidad y cuál es el proyecto del Chavismo, porque aun cuando estuviese muy claro en el Plan de la Patria, parece ser necesario evidenciarlo y padecerlo en la práctica.

Si bien es cierto que en determinado momento fue necesario desenmascarar al régimen para conseguir despertar consciencia a nivel nacional y después contar con el apoyo de la comunidad internacional, esa tarea ya se hizo en el transcurso del año 2016, con todo a lo que estuvo sometido la Asamblea Nacional. Redundar en ese despojo de falsos atributos democráticos, es decir, votar una y otra vez sin materializar el cambio, termina por parecer más un acto de ingenuidad o complicidad que un acto de valentía.

El hecho de participar una y otra vez en las simulaciones que realiza el Estado-PSUV sólo es ganancia para éste, puesto que mientras se cumple ese cronograma, transcurre el tiempo y los problemas se agravan. Por ende, aquellos que pensaron haber obtenido una victoria, terminan por ser despojados de sus atribuciones y sólo les queda un papel que les confiere una supuesta cuota de poder. Entonces, esta repetición aburrida de acciones estériles es incomprendida, no se entiende qué las motiva, no se sabe si una suerte de terquedad democrática u otro tipo de intereses.

De las dictaduras o los Estados Totalitarios jamás se ha salido por el simple hecho de obtener una victoria electoral; en los lugares donde este tipo de eventos han servido de punto de inflexión, siempre se ha contado con grupos de poder real que se han opuesto al tirano y a sus secuaces, haciendo cumplir la voluntad de la nación. Nunca se ha experimentado que una élite con control férreo sobre  la economía, disposición total de las Fuerzas Armadas, suficientes recursos financieros, vinculaciones con el narcotráfico y el terrorismo internacional, y apoyo de potencias extranjeras, haya sido desplazada del poder por un proceso electoral. Aún cuando dirigentes, como Henry Ramos Allup, e intelectuales orgánicos, como John Magdaleno, sostengan lo contrario.

Es por ello que mientras no se cambie la cosmovisión sobre Venezuela, su crisis y sus posibles soluciones, se seguirá satisfaciendo el fetiche electoral sin que eso represente algo concreto en la realidad. La participación en la simulación de la democracia será un ejercicio de descubrimiento de la naturaleza del régimen, por los siglos de los siglos.