El título del último capítulo de “Los odiosos ocho” nos sugiere un cruento destino para el Mayor Marquis Warren. Se trata del personaje más oscuro que haya creado Quentin Tarantino hasta la fecha: un exmilitar caído en desgracia que, pronto descubrimos, es capaz del más primitivo salvajismo. Carcomido por insaciables deseos de venganza contra antiguos esclavistas, no conoce límites morales en sus antojos de exterminar y profanar a los que otrora lucharan por el bando confederado. Aunque de personalidad amena, su sangre fría le ha vuelto un eficiente cazarrecompensas: liquida indeseables a montón y sin pensarlo dos veces. Su acostumbrada brutalidad le ha hecho imposible sentir empatía ante el sufrimiento humano. Samuel L. Jackson lo interpreta con una naturalidad que asusta. A juzgar por sus varias colaboraciones con Tarantino en el pasado, pensar que pudiera parecernos repudiable suena dudoso de antemano. A fin de cuentas, ¿qué hay más divertido que su cínica actuación como Jules Winnfield, el gángster de Inglewood que, tras atestiguar lo que consideraba un milagro divino, decidió dejar la violenta vida de la mafia y dedicarse a “vagar por la tierra”? Jules era un sicario atroz y sanguinario, de escasa o ninguna diferencia con Warren en lo respectivo a su maligno expediente. ¿Cómo es que resulta, pues, Warren “malo” y Jules no? Quizás porque Tarantino en aquella época no quería que nos fijáramos sólo en que Jules era un sicario, sino en que también era un sicario conversador, espontáneo y simpático. Ya sentíamos empatía por él antes de que confesara a Vincent Vega que ansiaba descubrir el propósito que Dios le tuviera reservado, y para entonces no nos quedaba de otra que ver en ello una acción reivindicadora y hasta admirable. Por moralmente consciente que uno sea, no es menos proclive a caer en el retorcido de juego de Tarantino de, en boga de celebrar lo inhumano de sus personajes, querer justificar a Jules. Michael Haneke varias veces ha acusado a “Pulp Fiction” de haber sociopatizado a las audiencias de todo el mundo. Y sería lógico darle la razón.

Samuel L. Jackson en "The Hateful Eight" (Los odiosos ocho).

Samuel L. Jackson en “The Hateful Eight” (Los odiosos ocho).

Pero “Los odiosos ocho” no es “Pulp Fiction”. Lo primero que desconcierta de la nueva película de Quentin es lo tremendamente seria que es. El nombre del director, así como los excelentes avances publicitarios, nos hicieron creer que sería otra más de sus películas de actitud altanera, desmedida, o simplemente loca, con el suficiente nivel de ocurrencia y plausibilidad para ser, cuando menos, divertidísima. Pero esas imágenes poco realistas fácilmente se disipan una vez que aparecen los créditos iniciales y escuchamos la banda sonora de Ennio Morricone. De entrada percibimos el tono fúnebre y tenso que persistirá, aun con altibajos y despropósitos, hasta el cierre de la película. Es difícil no notar la madurez del director y guionista al comparar ambas cintas: lo que en “Pulp Fiction” era un flashback para contar de forma interesante una historia desordenada, en “Los odiosos ocho” permite apreciar con mayor latitud un suceso que ya vimos. En este nuevo flashback se bajan de un carruaje nada más que muertos, y la cámara nos enfoca tímidamente en sus pies, como en señalamiento de que ya sabemos quiénes son y también qué les ocurrió. Tarantino está en su producción más reciente muy lejos del tono ridiculizador que nos es familiar del resto de su filmografía. Aquí todos los personajes están, además de brillantemente escritos, íntegramente definidos. Las extensísimas escenas de diálogo nos familiarizan más con ellos, sus temperamentos atraviesan drásticos cambios impetuosos (como los de un niño), y comprendemos por qué sus historias se sienten como una gran partida de juego infantil donde cada actor es una figura de acción. Aún se encuentra a merced del incrementalismo y la saturación, sus dos mayores fallas como narrador, pero en “Los odiosos ocho” Tarantino está lo más cerca que jamás ha estado de ser un gran cineasta.

El western situado casi completamente dentro de una desolada cabaña en Wyoming tiene un notable parecido estructural con el debut del director, “Reservoir Dogs”. La similitud más evidente es que entrama a una serie de pistoleros enajenados que sospechan cada uno de las lealtades del otro: acechado por una inclemente ventisca nevada, el grupo de viajeros encara la necesidad de encerrarse varios días en el interior de una casa rural. El elemento principal del grupo lo conforman conjuntamente el cazarrecompensas John Ruth (Kurt Russell) y la prisionera Daisy Domergue (Jennifer Jason Leigh), a quien aquél transporta al pueblo de Red Rock para cobrar una recompensa de $10.000. En aras de proteger su dinero, Ruth opta por aliarse con el Mayor Warren (Samuel L. Jackson), a quien había conocido como infante de los ejércitos unionistas durante la Guerra de Secesión. El respeto de Ruth por Warren es lo más cercano a una sana amistad entre cualquiera de los personajes embaucados, en parte gracias al invaluable tesoro que éste porta: una carta de la vasta correspondencia que durante la guerra sostuvo con el presidente Lincoln. Domergue, sureña de actitud responsiva, confronta con entereza animal su doloroso sometimiento a Ruth, y los momentos de harta reprimenda por los que éste la hace pasar son francamente degradantes. La mayor voz confederada frente al triunvirato es la del sheriff Chris Mannix (Walton Goggins), que con improperios y exabruptos intenta en vano protegerse del desdeño de los dos cazarrecompensas veteranos. Ruth, arrogante y paranoico, no tarda en sospechar de una confabulación entre Domergue y alguno de los otros pobres diablos en la cabaña. Todas las apariencias sugieren lo contrario; no obstante, el diabólico entorno le obsesiona con la idea.

A Ruth se le conoce en el oficio como “El Verdugo”. Irónicamente, nos enteramos de que nunca ha matado a nadie; su modus operandi consiste más bien en capturar a todas sus víctimas con vida y llevarlas contra trueno y relámpago a los pies de las autoridades a que las ajusticien. Ruth asegura que semejante conducta ética le permite dormir todas las noches; sin embargo, no por ello provoca menos desparpajo a los demás personajes. Para ellos parece haber pocos actos tan crueles como el de hacer pasar por el cadalzo al prófugo condenado a muerte: sugieren que de ese modo se prolonga la agonía del delincuente, ya obligado a abandonar toda esperanza y a confrontar sin tapujes la inmoralidad de sus acciones, teniendo que padecer la venenosa frustración de no poder escapar de su captor. “No todos los que son colgados son malditos desalmados, pero a los malditos desalmados hay que colgarlos”, expresa Ruth como una filosofía de vida, espontáneamente, después de unos tragos. Esta y muchas otras frases del guión, prudentemente puestas en la boca de sus personajes enigmáticos, permiten dilucidar un interesante discurso en “Los odiosos ocho” sobre la practicidad de la justicia ante la ausencia de autoridad. El morbo de los demás hacia la delicada situación de Domergue va acentuándose gradualmente: ella se comporta como un gato molido a golpes, esposada al brazo de Ruth haciendo las veces de costal de huesos, tan ensimismada que no pareciera querer seguir con vida. Despierta la escatológica curiosidad de Oswaldo Morbray (Tim Roth), un inglés que afirma ser el verdugo de Red Rock, lo cual inmediatamente es puesto en duda por su sutil amaneramiento. A Morbray le fascina el dilema en que Domergue se halla. El inglés piensa que acabará muriendo inevitablemente, porque, si cumple con su cometido, El Verdugo verá que la justicia de la sociedad civilizada se haga. Y si Ruth falla, peor aún, pues caerá sobre ella la “justicia de frontera”: las acciones vengativas de las partes que indirectamente sufrieron sus crímenes. “Lo bueno de la justicia de frontera es que quita la sed. Lo malo es que hace pasar al mal como el bien.” Ante tal prospecto, comienza una carrera espectral para Daisy Domergue de salvar su vida a toda costa.

Tim Roth, Kurt Russell y Jennifer Jason Leigh en "The Hateful Eight" (Los odiosos ocho).

Tim Roth, Kurt Russell y Jennifer Jason Leigh en “The Hateful Eight” (Los odiosos ocho).

“Daisy tiene un secreto”, reza el título de uno de los capítulos en la segunda mitad de la cinta. Si tan sólo ése secreto no lo descubriéramos casi que ahí mismo, habría sido un espectacular misterio. El interés constante del guión por distraerse de lo probable sacrifica mucho del entorno en que nos había situado y de algunos de los personajes que hemos llegado a conocer, quizá para permitir el desarrollo aislado de nuevos giros en la trama, quizá para satisfacer el favoritismo de Tarantino por lo ocurrente banal. Suele ser un ejercicio inútil esperar cohesión de sus películas, y precisamente por eso “Los odiosos ocho”, lo mismo que “Bastardos sin gloria” y “Django sin cadenas”, se deshace con alarmante prontitud de ideas muy interesantes, o a último minuto intenta solventar sus conflictos en formas que se nos antojan, aunque inspiradas, apresuradas y hasta poco inteligentes. Pero también es cierto, y en esto reafirmo la recién descubierta seriedad del director, que entre un producto de técnica rígida y un experimento apasionado, el primero corre mayor riesgo de ser menos interesante que el segundo. Mucho beneficiaría a Tarantino desarrollar un ojo más prudente para conectar todo lo que nos enseña, o para emplear diferentes modos de enseñar: si no, ¿cómo se explica que la tensión de una escena pueda morir completamente por algo tan fortuito como el tratar de cerrar una puerta? Tarantino es más corazón e instinto que cerebro en la línea narrativa que ondula entre el acierto y el error. Si bien “Los odiosos ocho” se asume con contrastable solemnidad, también es verdad que emula más eficientemente el esquema de las desechables películas altamente técnicas que desde antes de que debutara el director le han inspirado a hacer cine. Los spaghetti westerns, el cine underground y de clase B, las películas blaxplotation, los dramas noir de gángsters japoneses… Su nueva película se siente casi tan rígida como cualquier producto de ésas categorías, aunque con un guión infinitamente más aprovechable. El único ejemplo de técnica que parece conocer es el de “mientras más haya, mejor”, por lo que llega a escatimar menos esfuerzos en ritmo y fluidez argumental que en graciosas circunstancias y aconteceres inesperados. Básicamente, su artesanía consiste en abrir paso a la anarquía, y si no le funcionara, no tuviéramos tanto interés en su cine. Hasta el nombre “Tarantino” suena a desorden.

El clímax de la cinta es su parte más oscura e interesante. Por un breve lapso avistamos un desenlace proporcional a las ideas que el filme fue estableciendo desde un comienzo, y personajes que son a primera vista sospechosamente convencionales, como Morbray, Joe Gage (Michael Madsen) y Bob el mexicano (Demián Bichir) empiezan a jugar un papel creíble en los eventos. El único antagonista que parece reflejar la historia es el hermano de Daisy, Jody (Channing Tatum), dispuesto a ejecutar su propia versión de la “justicia de frontera” antes aludida. Pero la verdad es que, y aquí volvemos al inicio, el antagonista real es el Mayor Warren. No en vano Ennio Morricone bautizó uno de los temas de la cinta como “Sangre y nieve”: la austera cabaña será el escenario de un espantoso juego de supervivencia selectiva, cuyo árbitro demostró ser el despiadado Warren el minuto en que, sin remordimiento alguno, expuso al máximo bochorno imaginable al exgeneral confederado Sanford Smithers (Bruce Dern). Daisy y sus cómplices no pierden el tiempo en espolear a Mannix, confidente de Warren, para que le traicione. Warren constituye el eje de los cruentos enfrentamientos que tendrán lugar en la cabaña. Sólo con astucia ha desbaratado el plan de la mujer cautiva, y con su innata deshumanidad amenaza con ser para ella, más que el propio Ruth, un verdadero tormento. Ni siquiera el linaje sureño de Mannix le insta a actuar en contra de Warren: se ve obligado a tragarse su resentimiento racista antes exhibido, lo que vuelve de su sumisión al control del Mayor, además de una vergüenza personal, una humillación para su cultura. “Hombre negro, infierno blanco”. “Los odiosos ocho” es un reflejo fidedigno de un contexto histórico caótico y polémico en la historia estadounidense que se manifiesta en todas las escenas de la película por medio de los temas de las conversaciones, de lo que los personajes deciden y no deciden hacer y hasta en el aire hermético y sofocante que respiran: incluso Morbray divide la cabaña en dos, “un Norte y un Sur”. Es la segunda grata sorpresa cinematográfica del 2015, junto con “El renacido” de Alejandro González Iñárritu, que aprovechó la oportunidad de capturar anímicamente un momento específico de la historia de ese país. “Yo estuve, al igual que usted, en la Batalla de Baton Rouge, sólo que del otro lado. ¿O me negará eso también?”, pregunta el Mayor al General Smithers. Aunque en disonancia con las acciones del personaje, lo hace en un sincero interés por recobrar la noción, por muy remota que sea, de fraternidad nacional.

La precariedad de aquella improbable comunión de gente que tanto se reprocha mutuamente, de gente tan “odiosa”, hace que se olviden involuntariamente las barreras entre lo que éstos son y lo que hacen. Daisy alcanza un patético triunfo de humanidad cuando Ruth le permite tocar una canción pueblerina en una guitarra. La función es interrumpida con violencia por él, por entonar un verso sobre un tal John que “quedará muerto tras de mí para cuando llegue a México”. La carnicería habitual de una función tarantiniana es tan sádica como puede esperarse. Sin embargo, el tono es otro. Nunca se había percibido un tono tan moral en una película suya, donde incluso tácitamente se condena el remolino de violencia. Hasta el cierre de la película es, contra todos los pronósticos, un dilema moral. ¿Quién lo diría? Incluso trata de adoptar un estigma postbélico de conmemoración de los difuntos. “No serán muchos los que volverán a casa”, literalmente dicen los versos de Roy Orbison en la canción de los créditos, “serán cuando mucho 10 de 20, pero no serán muchos.” No hay modo de que pueda ser más fúnebre.

Es inútil esperar que una película de Tarantino contenga una idea fija sobre la cual pudiera estar postrado su andamiaje creativo como una herramienta de validación. Es consecuencia de ello que lo cautivador de su guión es a lo mucho un montón de medias ideas que, a no ser por la ejecución, pudieran haber gestado un resultado unánime y firme. Quienes estuvieran buscando la diversión incontenible de una película como “Pulp Fiction” tuvieron que quedar abrumados por su solemnidad; quienes pensaron que la historia no alcanzó todo su potencial, considerarán que se hubiese beneficiado de la reducción de sus elementos grotescos y del cedimiento ante lo surreal. Pero ambos grupos habrán tenido que caer en cuenta de que es una obra personalísima para su autor, un esfuerzo creativo de varios años que proporciona un gran disfrute como tema de especulación. También cuenta con un guión que permitió el surgimiento de nuevos recursos para Tarantino: un humor basado en la plausibilidad de situaciones absurdas, por ejemplo, y no en el sensacionalismo de lo atrevido y diferente. Es, a ciencia cierta, un sueño realizado para Tarantino. Un proyecto en el que, después de muchos años de intentarlo, le acompaña su ídolo Morricone en la música. Un proyecto que le fue pirateado antes de que decidiera filmarlo, y por el cual amenazó incluso con dejar la industria del cine. “Los odiosos ocho” es una película de Tarantino como antes no ha habido: una historia con serias ambiciones dramatúrgicas, pertinentemente diseñada, con ideas claras y que se inhibe en la medida de lo posible de lo gratuito. Es, para bien o para mal, un producto de un Tarantino más adulto.

  • David Alfonzo

    Toda película que tenga el apellido Tarantino en ella es digna de ver

  • ROSA ELENA MARTINEZ

    Excelente reseña. Una película fuerte, sin duda, con el sello de su autor y desde luego, altamente recomendable, aún para quienes no hayan visto la obra de Tarantino.