Es de conocimiento público, incluso internacional, que la situación de las medicinas y de los hospitales en nuestro país es realmente sombría, pero no vemos las dimensiones de tal gravedad, sino hasta que nos toca estar dentro de uno de los centros de salud de Venezuela.

Mis palabras no pretenden atacar a un gobierno inane, con un acéfalo que se comporta como fatuo a la cabeza de Miraflores; esa discusión queda para aquellos que aún creen que embistiendo al gobierno desde unas líneas, proporcionarán soluciones mágicas. Es increíble ver madres llorando a las puertas de nuestros hospitales, impotentes porque acaban de perder a sus hijos a manos de la delincuencia (en su mayoría), y aquellas que conservan un hilo de esperanza, lo ven aniquilado ante la falta de médicos, camas, insumos, o la infraestructura adecuada que permita cumplir la labor para lo que fueron creados.

Resulta aún peor, cuando el paciente es un neonato, que no tiene culpa de las circunstancias en las que llega al mundo, ni de quien gobierna en su país. Su gran culpa, recae en nacer en momentos de amargas dificultades y penurias que no buscan ser de ningún modo atenuadas por aquellos que tienen el poder para hacerlo. Hace unos días, ubiqué una historia que pareciera ser sacada de cualquier libro de ficción y que se desvanece ante el ensordecedor ruido de la ciudad.

Es la historia de una mujer de unos 30 años, trabajadora y luchadora, grávida, cercana a los 7 meses de gestación, dio precipitadamente a luz en un lúgubre centro de salud del estado Miranda. El resultado, dos hermosas féminas de poco más de medio kilo, con un estado de salud crítico por su prematuro nacimiento pero con ganas de sobrevivir, ante la mirada expectante y cuadripléjica de galenos y enfermeras que poco hicieron para preservar la vida del par de ángeles que acababan de emerger del vientre de una madre venezolana. Poco pudieron hacer en la capital, para revertir las entumecidas acciones de los profesionales de la salud de aquel luctuoso hospital.

La consecuencia, ambas criaturas perecieron sin siquiera poder ver el país que las recibiría, dejando las esperanzas de padres y familiares reducidas a cenizas, dolor y llanto. ¿Cómo es posible que en pleno siglo XXI ocurra esto?

Quiero citar dos ejemplos, que cualquiera en este inmenso valle puede comprobar: El primero, es la Maternidad “Comandante Supremo Hugo Chávez” terminada en revolución e inaugurada en 2014, actualmente no posee aire acondicionado e innumerables equipos dañados e inservibles, por lo que no puede atender a nuestros menores, mucho menos recluirles para restablecerles su salud. El segundo es el Hospital “Domingo Luciani”, recientemente remodelado –también en revolución–, no tiene capacidad ni infraestructura para atender a nuestros neonatos, lo que hace que queden a merced de la muerte, en un sistema ideológico que tiene como bandera el derecho a la salud. Ahora me pregunto cáusticamente: ¿Cuál salud? ¿Es que alguien en este país tiene de verdad ese derecho?

¿Hasta cuándo debemos tolerar que muera gente de este modo? ¿A quién le importa la salud de un pueblo que día a día muere de mengua? Estas son preguntas que ni el mismísimo inquilino de Miraflores puede responder, porque en vez de buscar soluciones, se encuentra ocupado en el rastro de un posible culpable internacional de la crisis hospitalaria.

Dafalma