Con el paso de los años, y gracias a movimientos sociales de pensamiento (como el feminismo), la equidad de género se ha vuelto un tema de debate constante. A pesar de que hace falta mucho para lograr la tan ansiada paridad de derechos entre hombres y mujeres, es innegable que mucho se ha ganado en este terreno. Derecho de voto femenino, promulgación de leyes que permiten a los hombres pedir un período de paternidad como la madre (al menos en México), equidad de salarios en muchos empleos, entre otras cosas, conforman el abanico de posibilidades que se han alcanzado en términos de equidad. El lenguaje, como muchos otros elementos de la cultura, ha sufrido modificaciones severas a partir de esta lucha. En busca de un lenguaje incluyente, los hablantes han cambiado varios aspectos de su expresión. Sin embargo, la discusión con respecto a éste suele tener como pregunta clave: ¿qué tan permitido es modificar el lenguaje para volverlo incluyente? ¿Acaso, a veces, se sobrepasa esa delgada línea entre inclusión y violación? A continuación, disertaremos un poco al respecto.

Lenguaje, ¿incluyente?

Hoy, más que nunca, se toma conciencia de las mujeres al momento de hablar y producir discursos. En política, sobre todo, la gente tiene especial cuidado de redactar textos donde quede presente la existencia de ambos géneros. De ahí que muchas personas recurran al empleo de expresiones como “todas y todos”, “los y las” o “ellos y ellas”. Podemos decir que esto resulta innecesario, pues para eso existen los colectivos (masculinos y femeninos). Por otro lado, se atenta contra la economía del lenguaje, la necesidad de los hablantes de comunicarse a través del menor número de palabras posible.

Además, existen ciertas expresiones que han ganado fuerza últimamente en redes sociales, por ejemplo, se pueden encontrar en uso palabras como: “cuerpa”, “munda”, “cerebra”, etcétera. En los casos expuestos, la estructura del lenguaje se ve violada. Los hablantes hacen mal uso del idioma, y existen múltiples razones para respaldar lo anterior. A continuación, comentaremos sólo dos motivos por los cuales este empleo de “lenguaje incluyente” atenta contra el objetivo fundamental de cualquier idioma: comunicar.

Economía del lenguaje

Como se dijo, este aspecto hace referencia al hecho de que los hablantes harán lo posible por comunicarse con el menor número de vocablos posible, es decir, de tener la comunicación más eficaz que su idioma les permita. El famoso “lenguaje incluyente” atenta contra este principio precisamente porque obliga a las personas a usar más palabras para decir un mensaje.

Piensen, por ejemplo, en un cómo debería redactarse un texto si siguiéramos este proceso. “Buenas tardes a todos y todas. El día de hoy, las y los miembros del consejo planean exponer una serie de casos de alto impacto. Los y las juezas harán todo lo posible por…” ¿Se entiende la idea?

Por si no fuera poco, este principio del “lenguaje incluyente” resulta tan disparatado que parece casi imposible que alguien, alguna vez, vaya a hablar o escribir de este modo. O, ¿acaso tú hablarías así con tus amigos?

El lenguaje es una convención

La segunda y última causa expuesta es mucho más simple y sencilla: a fin de cuentas, los idiomas son convenciones sociales. En otras palabras, el lenguaje es algo que los hablantes emplean gracias a reglas comunes para todos. Si un miembro de alguna comunidad lingüística quisiera empezar a hablar como se le antoje, muy difícilmente será entendido por el resto de hablantes.

Imagínense: ¿qué pasaría si alguien quisiera cambiar el nombre de los colores? ¿Si, de pronto, el rojo se llamase verde o viceversa? Resultaría un tremendo caos, ¿por qué?, porque la gente necesita que el lenguaje y sus palabras sean usadas por sus hablantes del mismo modo para poder comunicarse. Por lo mismo, carro, bolígrafo, aceite, piso o la palabra que ustedes deseen, se refiere a un objeto para todos los hablantes, y no varía de persona a persona.