The Walt Disney Studios ha caminado en suelo frágil desde que se apoderó de la franquicia más brillante de la historia del cine. Entre sus arriesgadas decisiones figura el deshacerse de su demiurgo, George Lucas, en un afán de rejuvenecer el mando de la saga; además, ha pautado realizar nuevas entregas de la serie de manera regular que no tengan límites episódicos, temporales ni creativos. Su intención, en una palabra, es aplicar a StarWars el “tratamiento Marvel”: hacerla un multiverso lleno de películas independientes. Con esto se ha propuesto satisfacerla enorme demanda de un público que abarca varias generaciones y que continúa en ascenso; un público que fantasea con nuevas historias de un mundo de ficción que, en casi todos los aspectos, parece inagotable.

Esta serie de películas antológicas, que funciona como una “saga paralela” a la saga principal de StarWars, comienza oficialmente con “Rogue One”, un film bélico dirigido por Gareth Edwards (“Godzilla”) que sirve de precuela inmediata al “Episodio IV: Una Nueva Esperanza”. Aborda una historia que, por lo general, había sido pasada por alto incluso en el material complementario más recóndito de Star Wars: la del robo de los planos de la Estrella de la Muerte, la estación espacial del Imperio Galáctico capaz de destruir planetas enteros.

La película reúne a un elenco multicultural de varias estrellas: Felicity Jones, Diego Luna, Ben Mendelsohn, Mads Mikkelsen, Donnie Yen, Jiang Weng, Alan Tudyk, Riz Ahmed y Forest Whitaker interpretan a los personajes principales. Cuenta con una banda sonora que, por segunda vez en la historia, no está compuesta por el genial John Williams, sino por el más joven y actualmente más productivo Michael Giacchino. Al no formar parte de la saga principal, “Rogue One” intenta distanciarse de ésta en atmósfera, estructura, diálogos y temática, y lo curioso es que lo logra sin dejar de ser familiar.

Si algo valioso debe resaltarse especialmente de esta película es la naturalidad con la que retrata su universo imaginado. Gareth Edwards y su equipo de guionistas comprenden que se trata de un mundo poblado por seres de carne y hueso con una civilización, tradición e historia. A esto le dan prioridad en su ejecución de la trama y el fruto de su esfuerzo es una película con alma propia, exitosamente independizada de las que componen la saga principal. Fácilmente prescinde de la mímica y la nostalgia que neutralizaron la creatividad de J.J. Abrams en “El Despertar de la Fuerza”, pues asume correctamente que en la innovación y la ocurrencia residía una parte importante de la maestría narradora de George Lucas.

Cada escena de “Rogue One” confirma la existencia de un mundo tangible con traumas y miserias reales; donde la tiranía del Imperio es verdaderamente cruel y no alimento de fantasías ingenuas de épica; donde las hazañas de guerra son conquistas ingratas: victorias pírricas para las que sus autores no están preparados y por las que, no obstante, son capaces de darlo todo. El nivel de gravedad dramática del diálogo alcanza niveles sin parangón en toda la obra de Star Wars. Los peligros se sienten más creíbles; los riesgos, insuperables. A ratos consigue una intensidad emocional tal que casi cabe asociarla a trágicas películas de guerra como la magistral “Ascensión” de la directora soviética Larisa Shepitko, o a la no menos grandiosa “Ven y mira” de su compatriota y cónyuge Elem Klimov. Se distancia de la grandilocuencia shakespeariana de “La Venganza de los Sith” y “El Imperio Contraataca” en tanto que no comparte las pretensiones románticas de éstas. Austera y realista, se trata de lo más maduro que Star Wars haya dado hasta ahora.

En razón de esto sucede que la película impone a la audiencia el agotamiento, la frustración y el nihilismo de sus desapasionados héroes. A sus personajes los acechará gradualmente un aura de insoslayable temor ante la hostilidad del mundo. A esto contribuye la cruda experiencia de la guerra, reflejada sin tapujes. Reaparece en “Rogue One” (y de manera convincente, además) la esencia política de las historias de Star Wars: una élite castrense, la del Imperio, que está compuesta de oficiales desconfiados, ególatras y autoritarios, sucumbe ante las disensiones entre los intermediarios y el alto mando; el Director Krennic (Mendelsohn), obligado a tomar decisiones difíciles, confrontado por la posibilidad de perder el fruto de su trabajo de toda la vida por el desprestigio ante sus jefes; una Alianza Rebelde hecha de facciones egoístas, de las cuales algunas son radicalmente subversivas, y su juego de guerrillas pone en peligro el proyecto que encabeza su militancia política. En varias ocasiones enfatizó Edwards su deseo de hacer una película que fuera “gris”, que contrastara con la moralidad llana de las películas mitológicas. Eso es precisamente lo que ha logrado.

Que no sorprenda, por tanto, si “Rogu eOne” es objetivamente menos disfrutable que incluso “El Despertar de la Fuerza”. Es el producto de una inspirada labor argumental en un mundo de una complejidad y extensiones avasallantes; está al tanto de las oportunidades que presenta una adecuada continuación de esos factores y no admite dedicarse a esa tarea con frugalidad. Es una cinta de una densidad que intimida; de un realismo que otorga un significado mucho más amargo a las batallas en el espacio, a los tiroteos con armas bláster y a las masacres con sables de luz, otrora recursos del escapismo visual y gratuito. En su búsqueda de una película auténticamente bélica situada en el universo de Star Wars, Edwards y compañía nos han dado un relato moralmente ambivalente, dramáticamente inquietante y existencialmente pesimista.

Sin embargo, dista mucho de ser el desastre editorial de “Escuadrón Suicida”, “Batman v. Superman” y demás películas sobre personajes populares muy mal llevadas a cabo, que comparten un tono deprimente y hasta decrépito. “Rogue One” es una película excelentemente lograda en todos los ámbitos, aunque su muy bien concretada seriedad disipe los humos del misticismo que se asocia por defecto a Star Wars.